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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2000 Amy J. Fetzer

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Hecha para el amor, n.º 954 - abril 2020

Título original: Going…Going…Wed!

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-118-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

 

 

 

 

–Bueno, supongo que esto es una novedad.

Madison Holt permaneció inmóvil mientras su amiga Katherine arreglaba el vestido de lentejuelas alrededor de sus tobillos. El tintineo del cristal y los sonidos de las conversaciones se filtraban a través de las cortinas que las ocultaban de los demás invitados reunidos en el lujoso jardín de piedra.

–¿Qué es, cariño?

–La virgen más vieja existente subastada al mejor postor y ni siquiera está en venta su virtud.

Una carcajada sonó tras ella mientras Madison se giraba y Katherine se ponía de pie y la miraba con su sonrisa sureña que normalmente conseguía que se le pusieran de rodillas hasta los hombres más duros.

–La esclavitud blanca está muy mal vista en Savannah –distraída, Katherine ajustó el estrecho tirante sobre el hombro desnudo de Madison–. Pero si lo prefieres, podemos subastar tu virtud.

–Es una idea.

Podría ser la única forma de perderla antes de cumplir los veinticinco, pensó Madison.

–Aunque me temo que causarías una revuelta.

Madison se cruzó de brazos por la cintura y ladeó la cadera.

–¿Una avalancha de hombres? No lo creo.

Katherine le separó los brazos con una mirada de advertencia.

–No. De mujeres.

Madison enarcó las cejas con gesto interrogante.

–Apuesto a que no hay ni una sola virgen ahí fuera –Katherine inclinó la cabeza hacia la cortina de terciopelo–. Y ya sabes que no les gusta que las ganen.

–Abandona la idea –dijo Madison con menos nerviosismo.

Pero Katherine notó su aprensión.

–Puedes irte a ahora mismo, cariño. Ya sabes que no voy a obligarte a hacer nada que no quieras. Sobre todo cuando es mi empresa la que ofrece el tiempo de un empleado para la subasta.

–No, ya lo he aceptado. Estoy aquí con este elegante vestido…

–Que te queda mejor que a mí.

Madison bajó la vista hacia el vestido prestado de color calabaza que le sentaba como una segunda piel. Le hacía parecer una sirena, pero tenía miedo de moverse mal y caer como un pato en el escenario.

–Todavía no entiendo por qué tengo que vestirme así.

–Ya sabes que la envoltura es importante.

–Enseñar mis senos como si fuera un trofeo no dice nada de mi habilidad para preparar una comida equilibrada en veinte minutos.

Katherine parpadeó.

–¿Eres capaz de hacerlo? ¿En veinte minutos? –Madison asintió con cautela–. Yo ni siquiera consigo salir de la ducha y vestirme en menos de treinta.

Porque Katherine nunca había tenido que hacerlo, pensó Madison. Pero cuando la necesidad se imponía, la gente era capaz de hacer cosas que parecían imposibles. Como aquella. Permitir que la subastaran. Quienquiera que comprara los servicios de Mujer Incorporada recibía una semana de servicio doméstico pagado. Era Katherine la que perdía el dinero al donarlo. Pero que Dios bendijera su corazón generoso porque Katherine se podía permitirse perderlo.

Pero Madison no. Por eso había aceptado a pesar de tener otro trabajo a tiempo parcial. Por eso y por la doble paga.

Madison hizo un gesto hacia la cortina.

–Diles que dejaré una cochiquera convertida en una patena. Pero no pienso ponerme un vestido por debajo de los cien dólares, sin embargo. No quiero parecer barata.

Katherine batió los párpados.

–No hay ninguna posibilidad, cariño. Vestida o no –hizo un gesto hacia la x señalada en el suelo–. Ocupa tu sitio. Es la hora de la exhibición.

A Madison le dio un vuelco el estómago, pero se colocó en el centro del escenario tras la cortina mientras Katherine le daba un beso en la mejilla y le limpiaba la marca de carmín. Madison exhaló despacio. Tras la cortina de terciopelo se apiñaba la flor y nata de la sociedad de Savannah. Todos los que vivían por encima de Gaston Street, pensó con una mueca. Estaban cenando canapés de caviar, tomando un champán carísimo y esperando.

Para apostar sobre ella.

Madison no pensaba que limpiar una casa y cocinar fuera a ser menos atractivo que otros productos. A aquella gente le gustaba pujar y para ella era un dinero fácil.

–Ya sé que no te gusta exhibirte de esta manera, cariño –susurró Katherine mientras Madison echaba un vistazo a su reloj–. Y sinceramente, tengo el estómago en un puño, pero el compromiso…

Katherine le guiñó un ojo.

–Está bien, Kat.

–Eres una pera en dulce, hermana. Solo reza porque a Alexander Donahue no se le ocurra la idea salvaje de apostar por ti.

Madison enarcó las cejas. ¿El soltero más codiciado y rico de Savannah necesitaba alquilar a una mujer? Era casi irrisorio. Aquel hombre tenía fama de no durar con ninguna mujer más de una semana o dos y como el último marido de Katherine y Alexander habían sido socios en otro tiempo, Madison sabía que había poco de verdad en los rumores que circulaban acerca de aquel hombre. Y la razón de su caballerosa actitud era un secreto muy bien guardado.

–¿Por qué no me lo has presentado nunca?

–¿Quieres que tire a mi mejor amiga a los…?

–¿A los lobos?

–Él es mucho más sutil que eso. No tienes por qué preocuparte. Las mujeres de tu tipo lo asustan.

El subastador mencionó el siguiente «artículo» a subastar.

–Entonces veremos su rastro de humo en cuanto se escape de aquí a la primera oportunidad.

Katherine sonrió antes de apartarse de detrás de las cortinas. La multitud aplaudió.

Apartando a Donahue de su mente, Madison cerró brevemente los ojos. «¡Oh, Dios!» pensó. «Si mi padre pudiera verme ahora».

La cortina se corrió.

El aplauso inundó el aire cargado y Madison esbozó una radiante sonrisa. Las copas de cristal brillaron, los camareros de esmoquin blanco con bandejas de plata se movían entre los grupos de gente vestida de gala. Ella no conocía ni a uno solo de los invitados. No se movía en aquellos círculos. Ya no. La última vez que había visto tantas lentejuelas juntas había sido en una fiesta corporativa en el Trump Tower. Su mente práctica pensó en cuánta gente podría vivir solo con el dinero que costaba el vestido que llevaba ella. Aunque muy sofisticado, le parecía un derroche de dinero. Madison no odiaba a los ricos, pero le disgustaba la gente que se escondía en sus mansiones restauradas y tiraba el dinero a su alrededor para hacer desaparecer los problemas. Al menos Katherine estaba allí para que lo tiraran por una buena causa.

–Después de que Kevin, mi marido, muriera –estaba diciendo Katherine a la audiencia–, me quedé con una buena cantidad de dinero, pero pocas capacidades de mercado salvo cómo vestir apropiadamente y dar una buena fiesta. Como esta que están ustedes disfrutando.

La multitud se rio, pero Madison sabía que Katherine tenía una mente de empresaria. ¿Cómo creerían si no que había llegado tan lejos?

–Sin embargo, me hizo ver que había otra gente en la misma situación, cuyas habilidades se perderían por ser más valiosas con una licencia de matrimonio. Mujer Incorporada contrata fundamentalmente a mujeres para cualquiera que requiera esos talentos a menudo infravalorados como organización del hogar, compras, cocina, cuidado de la casa y los niños, a veces reemplazar a la madre para unas vacaciones, una coordinadora de bodas o mujer temporal para algún divorciado o viudo que intente recomponer su vida.

Madison ladeó la cabeza para sonreír a Katherine muy orgullosa de su hermana mayor. Era una mujer que siempre sacaba lo mejor de las peores situaciones y las hacía florecer.

–Todas las empleadas de Mujer Incorporada, están preparadas para cuidar a niños y adultos y han seguido cursos de primeros auxilios y de defensa personal.

La multitud murmuró con aprobación y Madison y Katherine intercambiaron una sonrisa forjada durante años de amistad.

Entonces el subastador subió al pódium.

 

 

Alex hubiera pujado solo por su cara.

Aquella mujer le quitó el aliento y lo intrigó al instante. Quizá fuera su pelo rubio oscuro ondulado suavemente con aspecto despeinado, como un espíritu libre en medio de la alta sociedad encorsetada. O el leve desdén de sus ojos color coñac al mirar a la audiencia. O el vestido de tirantes saturado de grandes lentejuelas, pesado y moldeando cada una de sus curvas. Y mostrando realmente las buenas, pensó con una verdadera punzada de aprecio masculino.

Quizá fuera que, por muy llamativa que resultara, estaba fuera de sus límites. Era material de casada, aunque no pareciera muy doméstica en ese instante. Parecía casi… salvaje.

Las pujas fueron aumentando y Alex se giró para mirar a su espalda. Brandon Wilcox. Podía notar que aquel hombre la imaginaba en un traje de doncella francés o pasando la aspiradora desnuda. Patético.

Cookie Ledbetter se acercó más y se inclinó para susurrarle:

–Esta es la tercera subasta a la que asistes acompañado por Elizabeth. ¿Estamos viendo a la futura señora Donahue?

Elizabeth lo oyó y sonrió por encima del borde de su copa de champán.

Alex no respondió. Apretó los dientes y sintió como si los portones de una fortaleza se estuvieran cerrando tras él. Ya le habían comentado lo mismo al menos media docena de personas esa velada.

–¿No va a pujar, señora Ledbetter?

La sonrisa de ella fue tensa.

–Preferiría una ayuda un poco mayor y…

–¿Menos atractiva?

Ella le dio una palmada en el brazo y sonrió con suavidad.

–Hay buenas razones por los que llevo casada con Harry más de treinta años, jovencito –dijo sin rodeos con expresión juguetona.

–¡Y yo que pensaba que eran esos maravillosos ojos lo que mantenían a Harry en casa!

Cookie lanzó un gruñido e inclinó la cabeza hacia Madison.

–Uno no deja la carne fresca frente a un cazador, Alex. Y ten cuidado –dirigió una mirada significativa hacia Elizabeth Murray que estaba de pie tras él–. No hay peor furia que la de una mujer sureña desdeñada.

Alex enarcó una ceja asintiendo y al mirar a Elizabeth pensó en lo repulida que parecía: su pelo rubio recogido, su vestido rojo, la forma precisa en que sujetaba la copa de champán. Poseía todas las cualidades que él encontraba atractivas en una mujer; pose, gracia, buena conversación y sobre todo, no tenía intención de cambiar su calendario social por una licencia de matrimonio. Para ella la tarde sería un éxito rotundo si saliera una fotografía suya en la última edición del Savannah News Press. Y aunque comprendiera que era desagradablemente hueca, los dos entendían los límites. Sabía que en cuanto terminara la fiesta ella querría pasar la noche con él o irse a otra fiesta nocturna. No tenía mucho más que hacer con todo el dinero de su familia. Y Alex solo quería que no hincara los dientes en él o que pidiera un anillo de compromiso.

Aquella carretera de su vida estaba cerrada. Definitivamente.

Sin embargo, los comentarios de Cookie danzaron en su cabeza. Aunque había pensado contar con la ayuda de Elizabeth para que hiciera de anfitriona en una fiesta corporativa para él la semana siguiente, su relación se saldría de sus límites si lo hacía. Él no quería dañar sus sentimientos, pero era evidente que necesitaba hacer algo. Y con rapidez.

Deslizó la mirada hacia Madison Holt.

Si ganara la subasta de los servicios de Mujer Incorporada, tendría la solución perfecta para desalentar a aquella sociedad tan celestina. Una anfitriona sin una relación personal con él. Y eso es lo que él deseaba más. Ningún compromiso, ninguna culpabilidad al tener que poner disculpas incómodas. Y Madison Holt, simplemente siendo quien era, estaba prohibida y eso era para él una solución fácil y sencilla.

Miró al subastador y asintió dando un sorbo al champán.

–Alex –dijo Elizabeth a su lado–. ¿Para qué necesitas una doncella?

–Es una esposa temporal, Liz. Y no necesito ninguna de las dos cosas.

Dejó entonces la copa en la bandeja de un camarero y divisó a Katherine. La viuda de su antiguo socio, elegante en un traje blanco de cuentas de cristal, se acercó a él por el jardín iluminado con velas y le sonrió y beso en la mejilla.

–¿Cómo te van los negocios, Alexander?

Él sonrió. Ella era la única persona que lo llamaba por su nombre completo.

–No tan bien como los tuyos, por lo que parece. ¿Son todas tus empleadas como ella?

Sintió la mirada de Elizabeth endurecerse al mirarlo.

–Madison es especial.

Hubo un tono de advertencia en sus palabras que no le pasó desapercibido.

Alex enarcó una ceja y alzó la puja con un ligero gesto. La mano de Elizabeth se tensó en su brazo. Katherine sonrió y le llamó bribón.

Alex agarró otra copa de la bandeja de un camarero cercano y agarró a las dos mujeres por el brazo. Otra puja le hizo contener el aliento y clavó la mirada en la mujer del escenario.

Todo dentro de él volvió a la vida y cuando ella movió los pies y la abertura del traje expuso sus piernas hasta la mitad del muslo, todo su cuerpo se puso tenso. Unas piernas preciosas y musculosas. Cualquier chico podría sacar ideas equivocadas y desde luego él estaba teniendo varias. Era muy sexual verla exhibirse allí arriba y ella parecía harta, mirando de un pujador a otro como si esperara su ejecución. No le gustaba nada aquello, comprendió Alex con simpatía mientras decidía acabar con su miseria. Dio un paso adelante y alzó la puja a mil dólares.

–¡Alexander, no! –susurró Katherine tras él.

Alex la miró y notó su preocupación, pero se encogió de hombros.

Madison se atragantó y él le devolvió la atención atrapado por sus profundos ojos castaños. El subastador esperó por una siguiente puja. No se alzó ninguna. El martillo cayó y su diosa doméstica vestida con lentejuelas dio un respingo. Se acercó al escenario y le tendió la mano. Ella lo miró como si le hubieran salido antenas.

–No muerdo.

–Eso no es lo que yo he oído.

Alex enarcó una ceja y esbozó una leve sonrisa. Una pura mirada de desafío.

Madison la reconoció y entró al trapo. No le daría la oportunidad de morderla y a pesar de su fama de despiadado en los negocios y con las mujeres, no creía que su extensa colección contuviera nada doméstico. A juzgar por su acompañante, solo estaba interesado por sus cualidades domésticas. Y ella no tenía intención de ser ninguna de sus conquistas.

Aceptó su mano y sus cálidos dedos se enroscaron alrededor de los de ella mientras bajaba las cortas escaleras entre aplausos. Él permaneció muy cerca de ella, lo bastante cerca como para poder sentir el calor de su cuerpo y su lenta mirada especulativa. Madison se dijo a sí misma que era su enorme escote lo que le hacía parecer un lobo con la boca hecha agua ante su siguiente víctima. Por lo menos estaba a la altura de su reputación, pensó mientras se zafaba de él.

Katherine se acercó a ella y le dio un fuerte abrazo.

–¡Oh, gracias, Maddy!

–De nada, hermana –le susurró Maddy al oído.

Cuando se separaron, miró a Alexander.

Madison había visto fotografías suyas, pero la versión en persona era una historia muy diferente. Intentó no mirarlo fijamente mientras se decía a sí misma que todos los hombres estaban atractivos en esmoquin. Excepto que aquel era el único entre los de aquel elegante jardín que lo llevaba negro. En Alexander Donahue, la tela le quedaba como un guante. No había duda de que se encontraba en muy buena forma física, pero ¿qué más tenía que hacer un millonario en todo el día? Sin embargo, sintió un poco de rebeldía en él porque había optado por una camisa de cuello chino sin pajarita, sin brocados ni jaretas, solo el traje rematado en satén que le daba el aspecto de un caballero sureño.

Alex deslizó la mano en el bolsillo del pantalón alzando la americana y acentuando su imagen de privilegiada dignidad. Un mechón de pelo negro le cayó por la frente y casi le cubrió uno de sus vívidos ojos azules.

–Está mirándome fijamente, señor.

–Cierto.

Madison se puso rígida. Él estaba actuando como si la estuviera examinando con un baremo invisible y sintió el urgente impulso de abofetearle en su preciosa cara.

Alexander se metió la otra mano en el bolsillo de la americana y sacó una tarjeta de visita. Con un movimiento seco, se la pasó con dos dedos.

–Pasa por esta dirección mañana a las nueve.

–Mañana por la tarde a las seis –rectificó ella aceptándola.

Él frunció el ceño con un leve gesto de salvajismo bajo su capa de refinamiento y Madison comprendió por qué la gente raramente le negaba algo.

–Solo estoy disponible por las tardes y los fines de semana, señor. ¿O es que no ha leído el folleto? –preguntó Madison señalando la pila que había casi en cada mesa.

Él no se molestó en mirar.

–Eso parece.

–Si no lo encuentra aceptable, Katherine podría sustituirme por otra.

–No, está bien.

Alex necesitaba que ella empezara y con rapidez. Las invitaciones ya estaban mandadas y estaba un poco ansioso por ver si aquella belleza era capaz de desempeñar tantas cosas como clamaba su publicidad. Lo único de lo que parecía poco capaz era de algo remotamente doméstico.

–Voy a dar una fiesta para cincuenta personas.

Ella no movió ni una pestaña.

–Y espero que organices la cena.

Ella simplemente lo miró.

–Y que hagas de anfitriona.

Ella asintió.

–Suponía que querrías que yo hiciera de anfitriona, cariño –dijo Elizabeth al aparecer de repente a su lado y enganchar el brazo de Alex.

Madison pareció expectante por si él cambiaba de idea.

–Nunca supongas nada –dijo Alex con frialdad–. Y tengo que hacer uso de esta donación de caridad, ¿no? –le dio una palmada a Liz en la mano con tono de simpatía–. Además, tu eres una invitada.

Liz tenía mirada de decepción, pero no se podía evitar. Alex necesitaba distanciamiento de Elizabeth y los casamenteros. Y lo necesitaba ya.

El subastador llamó la atención de la audiencia cuando apareció un hombre deslumbrante vestido de esmoquin blanco en el centro del escenario. Era de portada de novela rosa y el premio consistía en salir una noche con él. Elizabeth se soltó de él al instante y empezó a pujar.

Alex contempló su leve sonrisa de celos y se alegró de haber pujado. Hizo un gesto a un camarero que llevaba una bandeja con champán y cuando se volvió para ofrecerle una a Madison y a Katherine, las dos mujeres habían desaparecido dejando un rastro de jazmín detrás.

Echó un vistazo a su alrededor y divisó a Madison de espaldas. El escote de su traje caía tan bajo que podía ver el seductor comienzo de su espalda. Tenía el trasero más sexy que había visto en su vida. El cuerpo de Alex reaccionó ante la deliciosa imagen mientras ella desaparecía tras una columna de piedra. Inspiró con fuerza y apuró una copa entera sin respirar cuestionando la inteligencia de estar cerca de una mujer que podía despertar sus sentidos siendo simplemente intocable.

Aquella, pensó, era más mujer de todas las que se había encontrado en años.